Bajo la lluvia

I just want nature, I just want to stop civilization.
-MOE Park-

Miro, me abro paso entre los palos de agua. El cielo ha ennegrecido hace tiempo y los truenos anuncian un chaparrón sin precedentes. Miro.

Tras la cortina, el silencio de la calle se ve gris y triste. Un chiquillo recorre en bicileta por el paisaje desolado. No pasan autos; nadie pensaría en pasearse con este clima. Alcanzo a oír imperceptibles rugidos del viento maltratando el suelo de concreto. Alguien pasa; alguien.

Quizás sea otro más a quien debo entregarle esas típicas tarjetas esta mañana. Esas tarjetas verdes y rojas que nunca dicen más que pase una feliz navidad, próspero año nuevo, que Dios le bendiga. Y uno que otro manuscrito en que dice el nombre de la familia que la recibe, onda con cariño y mucho amor para la familia Cabrera. Esas tarjetas que veo todos los días por estas épocas, tarjetas de quinientos u ochocientos pesos y que tan solo ocupan un espacio más sobre la estufa de pared. Me pregunto si los que reciben las tarjetas también harán listas como quienes la envían, me pregunto si harán una lista con las personas a quienes se les enviará la tarjeta.

No necesito ver el reloj para darme cuenta que ya es hora de partir. Empiezo a tomar, con movimientos arrastrados, los paquetes blancos, a tomar un montón y desamarrarlo para guardarlo en mi mochila café. Veo cómo caen todos los sobres dentro del ollo que todo lo traga, todo lo traga para finalmente devolverlo a manos de su real dueño. Hmm. Ésta emana perfume de rosas.

Mi larga experiencia me detiene justo antes de partir el sobre y vaciar su contenido, pero no contengo la curiosidad y la pongo a la luz blanca de la entrada de la habitación. Un fondo amarillo, una mancha roja por una esquina. Carta de enamorados. Qué va, si hay millones de ellos en el mundo. Nada nuevo. Las mismas palabras copiadas desde un poemario de Darío o Neruda. Y ese esfuerzo mínimo por ganarse una noche de placer o un beso furtivo. El goterón se está poniendo grueso, lo puedo percibir por el repiquetear del techo plástico retumbando a lo largo de la oficina entera. Mejor apresuro mi paso, o me expongo a resbalarme en la bajada de la siguiente cuadra.

Miro. Afuera, la calle sigue oscura y trémula. Cansada de todo, harta de la misma gente, mismos sonidos, las campanas de ayer y mañana. Me aburro de los perros ladrando al orden de siempre, la gente que debo saludar con un rostro sonriente de protocolo. Me siento como muerto, sin ganas de salir a este mundo lleno de acontecimientos repetitivos y viejos como el trapo colgado en la cocina.

Del armario-guardazapatos extraigo mi sobretodo amarillo, completamente arrugado porque hace ya semanas que no me lo ponía. Este tacto húmedo, pegajoso de la rutina en descomposición. Malhumorado, echo un vistazo a mi escritorio, buscando algún pretexto para retrasar la partida. Un lápiz enano, un portapapeles, un bolso a encargo de la señora del otro lado de la calle.

De pronto, oigo unos truenos, mucho más fuertes que antes. Ya, calma, ya voy.

20.12.99