Impromptu

Los primeros canturreos de los pájaros se oían en medio de una difusa neblina matinal. El día tan solo estaba comenzando.

Las brisa era helada, y soplaba en dirección a unos cerros al este de la casa, cubriendo el suelo verde de pequeñas gotas de rocío. A medida que el sol escalaba flojamente por el cielo semigris, los seres del prado despertaban uno a uno; el lugar se iba llenando de tristes rumores de hojas chocando entre sí, cantos quedos, y ruidos de pisadas en dirección al río.

-Ea! Segundo, trae luego el balde, que tus hermanos están esperando.
La culpable de esta pausa en el silencio era una anciana de edad inestimable, cubierta por una capa supuestamente blanca y una falda negra que alcanzaba a asomarse debajo de ella. Rancias flores secas, pálidas, lucían un opaco resplandor alrededor de su sombrero a la boliviana. Su espalda comenzaba a reflejar los efectos de los años, que se materializaba en una pequeña joroba con miras de aumentar a medida que pasara el tiempo. Sostenía en sus manos un largo palo de madera, la cual le servía de su tercer pie y como ocasional instrumento de castigo para los hijos aún no acostumbrados a su régimen de déspota ilustrada.

Segundo no respondía. Ya volvía con el jarro lleno de agua, y tambaleante bajo la potencia de su peso, caminaba como un borracho, tratando de ganar un poco de terreno contra la inclinación de regreso a la entrada lateral de la casa. Las malezas crujían a su pasos desmedidos. El esfuerzo le quitaba el aire de los pulmones, y aun previendo la ira de la madre por irrespetuoso, se abstenía de hablar. Varias veces se resbalaba sobre algún charco de barro formado de la llovizna de antenoche, pero lograba sobreponerse macullando algún garabato y manteniendo el equilibrio con el pie contrario.

La vieja, quien a su vez comprendía por experiencia las peripecias de la rutina matinal ahora a cargo de su primogénito, evitó comentarios; simplemente se limitó a indicarle con la mirada, que debía sacudirse bien el calzado antes de entrar.

Toda la casa expelía un aroma a carne cruda y salada, olor que a nadie en la familia le importaba a fuerza de costumbre y ante la imposibilidad de pensar en otra alternativa de vida. Sus paredes de madera conservaban aún la belleza gótica de sus constructores iniciales, quienes nunca habrían previsto que sus creaciones llegarían a ser usadas por pobladores tan poco dignos. Era una casa de un piso, los techos lúgubres y el paisaje sombrío. Los escombros de las demás casas en derredor, en su mayoría quemadas durante el asalto final del sesenta y dos, contribuían sustancialmente a empeorar la imagen del conjunto.

La familia Carrera se había instalado en aquel lugar, como tantos otros colonos, durante la primera y única ocupación del pueblo, unas doscientas almas, entre soldados, ganaderos, y constructores, de los cuales fue el padre de la anciana. El poblado sucumbió a la cuarta revuelta indígena, en cuyas causas ellos no tenían nada que ver, pero sí sufrieron sus consecuencias. Adelaida, -que por cierto era su nombre- logró salvarse gracias al amor no correspondido de uno de los jovenes líderes del grupo de asalto, quien, pidió su mano tras rescatarla del saqueo y matanza general de sus compañeros. Estaba obligada a aceptar, pues no tenía cómo ni a dónde ir en caso de declinar la petición. El destino, simplemente, le había implantado ese régimen de vida, y ella la aceptó sin mayores contratiempos.

Años después, tras el término de otro asalto contra el fuerte de La Imperial, el padre no volvió entre los guerreros victoriosos. Le contaron, en ese idioma enrevesado que ella apenas comenzaba a comprender, que su esposo murió en las peripecias de la lucha. Ella ya conocía la costumbre de los indígenas, y no quería unir su vida a la de otro posible pretendiente. Corrió con su último hijo en brazos y el resto sujetándole las faldas, hacia el poblado destruido, y limpió y repobló la única casa intacta – la casa en la que había vivido durante su infancia – gracias a la intercesión del padre de sus hijos, y que desde entonces volvería a ser su morada. Los demás indígenas conocían la historia de su vida y la respetaron, limitándose a ofrecerle provisiones en años de hambruna, ayuda que era rechazada por una alma soberbia y esperanzada de ver volver los colonos al antiguo poblado. Tal cosa nunca sucedió; lo que no sabía Adelaida, era que la expedición se había llevado a cabo sin los permisos reales, y como tal, nadie sabía del paradero del pequeño grupo de personas embarcadas en una carabela inglesa en Sevilla, hace ya treinta y tres años.

Segundo vació el balde sobre el otro, colocado al lado de la cocina. El estertor del chorro de agua estrellándose contra la base del balde le causaba siempre un placer infantil, el que, aunque no se daba cuenta, se relacionaba con el término del trabajo matinal y significaba un pequeño descanso hasta el comienzo del almuerzo. Tal estado de ánimo resultaba algo inarmónico con la edad de Segundo, cuya edad rayaba en los cuarenta, pero era una atmósfera compartida por el resto de sus hermanos, entorpecidos por la rutina diaria sin miras al futuro y los vagos conceptos que de la vida tenía su madre. Vivían una especie de continuo sopor, cortando leña unos días, extrayendo algún objeto curioso de entre los restos de las otras casas, o bien persiguiendo lo que después sería un sabroso guiso de pudú.