{"id":144,"date":"1999-12-06T20:13:23","date_gmt":"1999-12-07T02:13:23","guid":{"rendered":"http:\/\/yokim.net\/wp\/a\/144\/"},"modified":"1999-12-06T20:13:23","modified_gmt":"1999-12-07T02:13:23","slug":"impromptu","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/yokim.net\/es\/144","title":{"rendered":"Impromptu"},"content":{"rendered":"<p>Los primeros canturreos de los p\u00e1jaros se o\u00edan en medio de una difusa neblina matinal. El d\u00eda tan solo estaba comenzando.<\/p>\n<p>Las brisa era helada, y soplaba en direcci\u00f3n a unos cerros al este de la casa, cubriendo el suelo verde de peque\u00f1as gotas de roc\u00edo. A medida que el sol escalaba flojamente por el cielo semigris, los seres del prado despertaban uno a uno; el lugar se iba llenando de tristes rumores de hojas chocando entre s\u00ed, cantos quedos, y ruidos de pisadas en direcci\u00f3n al r\u00edo.<\/p>\n<p>-Ea! Segundo, trae luego el balde, que tus hermanos est\u00e1n esperando.<br \/>\nLa culpable de esta pausa en el silencio era una anciana de edad inestimable, cubierta por una capa supuestamente blanca y una falda negra que alcanzaba a asomarse debajo de ella. Rancias flores secas, p\u00e1lidas, luc\u00edan un opaco resplandor alrededor de su sombrero a la boliviana. Su espalda comenzaba a reflejar los efectos de los a\u00f1os, que se materializaba en una peque\u00f1a joroba con miras de aumentar a medida que pasara el tiempo. Sosten\u00eda en sus manos un largo palo de madera, la cual le serv\u00eda de su tercer pie y como ocasional instrumento de castigo para los hijos a\u00fan no acostumbrados a su r\u00e9gimen de d\u00e9spota ilustrada.<\/p>\n<p><!--more-->Segundo no respond\u00eda. Ya volv\u00eda con el jarro lleno de agua, y tambaleante bajo la potencia de su peso, caminaba como un borracho, tratando de ganar un poco de terreno contra la inclinaci\u00f3n de regreso a la entrada lateral de la casa. Las malezas cruj\u00edan a su pasos desmedidos. El esfuerzo le quitaba el aire de los pulmones, y aun previendo la ira de la madre por irrespetuoso, se absten\u00eda de hablar. Varias veces se resbalaba sobre alg\u00fan charco de barro formado de la llovizna de antenoche, pero lograba sobreponerse macullando alg\u00fan garabato y manteniendo el equilibrio con el pie contrario.<\/p>\n<p>La vieja, quien a su vez comprend\u00eda por experiencia las peripecias de la rutina matinal ahora a cargo de su primog\u00e9nito, evit\u00f3 comentarios; simplemente se limit\u00f3 a indicarle con la mirada, que deb\u00eda sacudirse bien el calzado antes de entrar.<\/p>\n<p>Toda la casa expel\u00eda un aroma a carne cruda y salada, olor que a nadie en la familia le importaba a fuerza de costumbre y ante la imposibilidad de pensar en otra alternativa de vida. Sus paredes de madera conservaban a\u00fan la belleza g\u00f3tica de sus constructores iniciales, quienes nunca habr\u00edan previsto que sus creaciones llegar\u00edan a ser usadas por pobladores tan poco dignos. Era una casa de un piso, los techos l\u00fagubres y el paisaje sombr\u00edo. Los escombros de las dem\u00e1s casas en derredor, en su mayor\u00eda quemadas durante el asalto final del sesenta y dos, contribu\u00edan sustancialmente a empeorar la imagen del conjunto.<\/p>\n<p>La familia Carrera se hab\u00eda instalado en aquel lugar, como tantos otros colonos, durante la primera y \u00fanica ocupaci\u00f3n del pueblo, unas doscientas almas, entre soldados, ganaderos, y constructores, de los cuales fue el padre de la anciana. El poblado sucumbi\u00f3 a la cuarta revuelta ind\u00edgena, en cuyas causas ellos no ten\u00edan nada que ver, pero s\u00ed sufrieron sus consecuencias. Adelaida, -que por cierto era su nombre- logr\u00f3 salvarse gracias al amor no correspondido de uno de los jovenes l\u00edderes del grupo de asalto, quien, pidi\u00f3 su mano tras rescatarla del saqueo y matanza general de sus compa\u00f1eros. Estaba obligada a aceptar, pues no ten\u00eda c\u00f3mo ni a d\u00f3nde ir en caso de declinar la petici\u00f3n. El destino, simplemente, le hab\u00eda implantado ese r\u00e9gimen de vida, y ella la acept\u00f3 sin mayores contratiempos.<\/p>\n<p>A\u00f1os despu\u00e9s, tras el t\u00e9rmino de otro asalto contra el fuerte de La Imperial, el padre no volvi\u00f3 entre los guerreros victoriosos. Le contaron, en ese idioma enrevesado que ella apenas comenzaba a comprender, que su esposo muri\u00f3 en las peripecias de la lucha. Ella ya conoc\u00eda la costumbre de los ind\u00edgenas, y no quer\u00eda unir su vida a la de otro posible pretendiente. Corri\u00f3 con su \u00faltimo hijo en brazos y el resto sujet\u00e1ndole las faldas, hacia el poblado destruido, y limpi\u00f3 y repobl\u00f3 la \u00fanica casa intacta &#8211; la casa en la que hab\u00eda vivido durante su infancia &#8211; gracias a la intercesi\u00f3n del padre de sus hijos, y que desde entonces volver\u00eda a ser su morada. Los dem\u00e1s ind\u00edgenas conoc\u00edan la historia de su vida y la respetaron, limit\u00e1ndose a ofrecerle provisiones en a\u00f1os de hambruna, ayuda que era rechazada por una alma soberbia y esperanzada de ver volver los colonos al antiguo poblado. Tal cosa nunca sucedi\u00f3; lo que no sab\u00eda Adelaida, era que la expedici\u00f3n se hab\u00eda llevado a cabo sin los permisos reales, y como tal, nadie sab\u00eda del paradero del peque\u00f1o grupo de personas embarcadas en una carabela inglesa en Sevilla, hace ya treinta y tres a\u00f1os.<\/p>\n<p>Segundo vaci\u00f3 el balde sobre el otro, colocado al lado de la cocina. El estertor del chorro de agua estrell\u00e1ndose contra la base del balde le causaba siempre un placer infantil, el que, aunque no se daba cuenta, se relacionaba con el t\u00e9rmino del trabajo matinal y significaba un peque\u00f1o descanso hasta el comienzo del almuerzo. Tal estado de \u00e1nimo resultaba algo inarm\u00f3nico con la edad de Segundo, cuya edad rayaba en los cuarenta, pero era una atm\u00f3sfera compartida por el resto de sus hermanos, entorpecidos por la rutina diaria sin miras al futuro y los vagos conceptos que de la vida ten\u00eda su madre. Viv\u00edan una especie de continuo sopor, cortando le\u00f1a unos d\u00edas, extrayendo alg\u00fan objeto curioso de entre los restos de las otras casas, o bien persiguiendo lo que despu\u00e9s ser\u00eda un sabroso guiso de pud\u00fa.<br \/>\n<!--nextpage--><br \/>\nAl parecer, todos se estaban acostumbrando a la mecanizaci\u00f3n de la existencia, pero estaban cambiando. Sin darse cuenta por ellos mismos, pero motivados por los contactos con los dem\u00e1s ind\u00edgenas, o los repentinos accesos de c\u00f3lera de su incomprensible madre, iban comprendiendo lo limitado y pobre de su mundo, y la red de posibilidades que se abr\u00edan una vez se alejaban unos pasos del pueblo en escombros. Diversos y atractivos m\u00f3viles llamaban a la exploraci\u00f3n y deleite de los paisajes naturales, la dicha de acechar animales por el puro gusto de perseguir, o simplemente revolcarse en el barro sintiendo los tibios rayos del sol ba\u00f1ando el bosque.<\/p>\n<p>-\u00a1Segundo! Ay\u00fadame con la fogata!<\/p>\n<p>Cuando sali\u00f3 arrastrando los pies a ver lo que ocurr\u00eda, Segundo pudo ver la c\u00f3mica escena representada por Ignacio. Estaba de rodillas frente a la fogata para las ollas, soplando como loco, y exhalando con tanta fuerza que, en vez de avivar el fuego, la estaba matando. El blanco polvo ceniciento volaba formando remolinos, para caer en el piso, sobre la cabeza y la espalda de Ignacio, pero \u00e9l no se molestaba en sacudirse. Como urgido por alg\u00fan invisible fantasma detr\u00e1s de \u00e9l, soplaba, resoplaba y sudaba como un buey, y torn\u00e1base cada vez m\u00e1s desesperado porque no ve\u00eda ning\u00fan indicio de avivamiento. Segundo, apenas pod\u00eda imaginarse c\u00f3mo fue que su hermano pudo proferir el grito de ayuda.<\/p>\n<p>No le cost\u00f3 mucho apartar a su tercer hermano a la fuerza de su in\u00fatil labor. \u00c9l no era solamente el m\u00e1s ingenuo de los cuatro, sino tambi\u00e9n el m\u00e1s d\u00e9bil; nunca lograba coordinar sus fuerzas, siempre caminaba como borracho, tropez\u00e1ndose en cada ra\u00edz de \u00e1rbol por los cerros. Su desarrollo mental parec\u00eda haberse detenido a los ocho o diez a\u00f1os, cuando se hab\u00eda ca\u00eddo por el barranco en la pen\u00faltima \u00e9poca de aguaceros, dej\u00e1ndole ese cuerpo bien formado pero incapaz de controlarse adecuadamente. Lo llamativo era su capacidad para adaptarse a todo: no sab\u00eda hablar el idioma de los ind\u00edgenas, pero sab\u00eda arregl\u00e1rselas con gru\u00f1idos y muecas exageradas; nunca pudo cazar un solo animal, pero ante los asombrados ojos de su madre y hermanos, ellos sol\u00edan acerc\u00e1rsele sin demasiado temor, y juntos retozaban\u2026<\/p>\n<p>El fuego se aviv\u00f3 de golpe. Era algo tan simple como dejarlo crecer, tan solo tirar una docena de pi\u00f1as encima y esperar que las brasas hicieran los dem\u00e1s.<\/p>\n<p>Ignacio cay\u00f3 de espaldas, suspirando, mientras Segundo volv\u00eda a la cocina a tomar su descanso. Su cabellera larga flameaba ligeramente al toque de la brisa matinal. Uno de los mechones logr\u00f3 rozarle los ojos; tropezando con una firme piedra a la entrada de la cocina, y Segundo resbal\u00f3 sobre el lodo. Lanzando un quejido escap\u00e1ndosele por la boca, Segundo se revolcaba en el suelo, sob\u00e1ndose la mano malherida, mientras Ignacio no paraba de re\u00edr, ahogado entre hipos y bruscos espasmos abdominales.<\/p>\n<p>-\u2026\u00a1Si te viera Nadia!!!<\/p>\n<p>Ignacio hac\u00eda referencia a la segunda de los hermanos, muerta a los pocos d\u00edas tras su mudanza al poblado, por falta de comida suficiente. Al menos, as\u00ed lo contaba la mam\u00e1. En lo que se refer\u00eda a sucesos antes de la adolescencia de Segundo, los hermanos deb\u00edan confiar ciegamente de los relatos de Adelaida, pues no lograban recordar absolutamente nada. Seg\u00fan ella, Nadia se re\u00eda siempre de la ingenuidad de Segundo, de la facilidad con que sus hermanos menores se tropezaban y lloraban a cada herida en sus fr\u00e1giles cuerpos. Segundo la recordaba apenas, meses antes de morir el padre -cuyo nombre nunca les fue revelado- apenas llegando a sus hombros, ojos perdidos y una boca abierta dispuesta a soltar una carcajada a la menor incidencia. Los d\u00edas eran largos entonces; los cuatro (a\u00fan no hab\u00eda nacido Pedro) jugaban todo el d\u00eda en los alrededores de su nuevo h\u00e1bitat. La comida no escaseaba a\u00fan, las provisiones tra\u00eddas con la ayuda de los vecinos eran suficientes. Los rayos del sol eran por entonces m\u00e1s brillantes.<\/p>\n<p>Pero aquello pertenec\u00eda al pasado, y Segundo, tanteando el camino de regreso del laberinto de sus recuerdos, dej\u00f3 caer su cuerpo sobre la fr\u00e1gil cubierta de madera para abandonarse a la siesta habitual. El tiempo hab\u00eda transcurrido bastante r\u00e1pido, le quedar\u00edan unas horas antes de levantarse para ir a llenar el jarro al r\u00edo.<\/p>\n<p>Era ya mediod\u00eda. El cielo callaba, como presagiando alg\u00fan suceso terrible. Pedro miraba por la ventana de la cocina, esperando que la cuarta hermana volviera. Ella hab\u00eda salido hace poco a recoger uvas para el almuerzo.<\/p>\n<p>Entonces ocurri\u00f3. Segundo caminaba con el jarro al hombro, tambaleante como siempre en esa porci\u00f3n del trayecto. Pedro miraba el horizonte desde la ventana de la cocina, abstra\u00eddo en los remolinos verdosos de las colinas oto\u00f1ales, a lo lejos. Todos guardaban silencio, aun sin haberselo propuesto; desde alg\u00fan rinc\u00f3n de la casa, dos grillos roncaban pl\u00e1cidamente. Como de costumbre, Adelaida observaba vigilante los movimientos de Segundo, caminando de un lado a otro con pasos lentos y seguros.<\/p>\n<p>De pronto, dio un paso en falso. S\u00ed, dio un paso y de inmediato rod\u00f3 cuesta abajo hacia el pozo. A cada vuelta dada en el suelo, gem\u00eda y dejaba espcapar un pedazo de vida. El pozo era de un estilo espa\u00f1ol t\u00edpico, una pared de cubos de piedra dispuestos en forma circular. Cuando Adelaida choc\u00f3 contra \u00e9ste con el cuerpo retorcido y la falda llena de sangre, estaba muerta.<\/p>\n<p>Los hermanos, a excepci\u00f3n de Carolina, se enfilaron frente a la pendiente. Apenas se ve\u00edan por encima de la declinaci\u00f3n, y el menor se pon\u00eda de puntillas para ver una mano ensangretada, pero nadie daba un paso al frente, por t\u00e1cito acuerdo.<\/p>\n<p>Oleadas de oscuridad volaron hacia la madre ca\u00edda y los tres hermanos; la cuarta a\u00fan no volv\u00eda. Cuando ellos hab\u00edan despertado de su \u00e9xtasis, se hac\u00eda tarde; el chocar de alas de lechuzas no dejaban o\u00edr el primer golpe de la gota de lluvia chocando contra una hoja amarilla.<\/p>\n<p>Segundo entr\u00f3 a la casa a tomar su lanza y mochila de cuero, y mont\u00f3 a sus espaldas un arcabuz hallado en el almac\u00e9n de al lado. Era el nuevo camino, la luz olvidada tras treinta y siete a\u00f1os ansiados. Al cerciorarse de que no quedara nada suyo en la casa que ahora abandonara para siempre, Segundo vio que los dem\u00e1s se preparaban a lo mismo. Uno llenaba su saco de charqui y frutas secas, el otro se guardaba una carpa y la le\u00f1a.<br \/>\nJuntos se alejaron en direcci\u00f3n a un poblado sobre el que se rumoreaba ser pr\u00f3spero y hospitalario. Llegar\u00edan a Angol en unos d\u00edas.<\/p>\n<p>Otro caso fue el de Carolina. Hab\u00eda perdido el camino de regreso. Sin decir una palabra, revolvi\u00f3 toda la casa hasta encontrarlo: un min\u00fasculo retrato de su madre cuando era peque\u00f1a. Y con el cuadro materno monocromo y su futuro hijo en el vientre, se encaminaba hacia la guarnici\u00f3n ind\u00edgena m\u00e1s cercana.<\/p>\n<p>15.11.99-06.12.99 <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Los primeros canturreos de los p\u00e1jaros se o\u00edan en medio de una difusa neblina matinal. El d\u00eda tan solo estaba comenzando. Las brisa era helada, y soplaba en direcci\u00f3n a unos cerros al este de la casa, cubriendo el suelo verde de peque\u00f1as gotas de roc\u00edo. 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