{"id":2490,"date":"1999-12-13T20:23:34","date_gmt":"1999-12-14T02:23:34","guid":{"rendered":"http:\/\/yokim.net\/wp\/a\/143\/"},"modified":"1999-12-13T20:23:34","modified_gmt":"1999-12-14T02:23:34","slug":"resurreccin-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/yokim.net\/es\/2490","title":{"rendered":"Resurrecci&#243;n"},"content":{"rendered":"<blockquote><p><em>Cada vez que el pueblo sufr\u00eda de sequ\u00eda o males del cielo,<br \/>\nlos sacerdotes se dirig\u00edan al pozo sagrado, con el fin de calmar la ira de los dioses del agua.<br \/>\nAcompa\u00f1\u00e1banse de fermosas v\u00edrgenes,<br \/>\na quienes lanzaban al pozo tras finalizar el ritual del sacrificio.<br \/>\nLas v\u00edrgenes participaban del rito con actitud solemne y el rostro bajo,<br \/>\npero siempre, despu\u00e9s de ser lanzados al vac\u00edo y al profundo pozo,<br \/>\nquedaba s\u00f3lo un grito agudo y largo, como \u00fanico testigo triste del sacrificio fumano,<br \/>\ny las abundantes joyas y utensilios que los sacerdotes dejaban caer.<\/em><\/p>\n<ul>\n<li>Diego de Landa (1524-1579), Las relaciones consangu\u00edneas del Yucat\u00e1n &#8211;<\/blockquote>\n<\/li>\n<\/ul>\n<p>Murmullos contenidos. Pasos firmes y cortantes, mon\u00f3tono ritmo de lanzas con puntas de piedra chocando unas contra otras. Penetrantes rayos del sol llenando la tensi\u00f3n general con un calor de mediod\u00eda.<\/p>\n<p>Ella caminaba. Su largo manto p\u00farpura se arrastraba esparciendo un soplo de perfume de canelo sobre el alfombrado de rocas pulidas y encajonadas a lo largo del camino al templo.<\/p>\n<p>Delante de ella, con pasos s\u00f3lidos y como si quisiese dejar una huella eterna en aquel sendero al pozo sagrado, el sacerdote avanzaba, con su t\u00fanica ceremonial cubierto de adornos simb\u00f3licos, partes de la barba blanca asom\u00e1ndosele por las espaldas, un machete a la cintura.<\/p>\n<p><!--more-->Ambos &#8211; ella y el sacerdote &#8211; avanzaban por el centro del sendero, y los guardias marchaban rode\u00e1ndolos, protegi\u00e9ndolos de la multitud que se avalanchaba a observar la ofrenda para la ocasi\u00f3n. Los guardias tan solo vest\u00edan t\u00fanicas amarillas y sandalias, pero el calor descomunal del d\u00eda los venc\u00eda por ratos; sudaban a chorros, y la multitud apabullante empeoraba a\u00fan m\u00e1s su penosa situaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Nikte-Ha era su nombre. Caminaba serena, y su largo pelo negro fundido en una amplia trenza se resist\u00eda firme al soplar suave del sureste, se manten\u00eda adherida a sus espaldas, llegando m\u00e1s all\u00e1 de su cintura. No miraba a nadie, daba pasos r\u00e1pidos y premeditados, su t\u00fanica plateada brillando al sol del mes s\u00e9ptimo. Del gent\u00edo a su alrededor corr\u00edan ya murmullos y exclamaciones de asombro al conocerse la historia detr\u00e1s del fr\u00e1gil manto y sandalias blancas: ella misma se hab\u00eda ofrecido para sacrificarse en el ritual de las cat\u00e1strofes. Nadie lo pod\u00eda creer.<\/p>\n<p>\u2013Pobrecilla, debe de haber nacido sin entendimiento, cu\u00e1nto lo siento por sus padres &#8211; comentaban algunos.<br \/>\n\u2013Pero no ves, vecina, que ella, resignada a su suerte, prefiri\u00f3 divulgar rumores favorables a ella?<br \/>\n\u2013Y para qu\u00e9 lo har\u00eda? Yo no veo raz\u00f3n alguna.<br \/>\n-Qui\u00e9n sabe; por si alguien, admirado de su coraje, sal\u00eda a rescatarla, o quiz\u00e1 por el bien de su familia\u2026 \u00a1cualquier cosa!<\/p>\n<p>Poco a poco, el respeto general hacia la muchacha que los representar\u00eda ante Yumkax fue transform\u00e1ndose en un silencio mortal. Se pod\u00eda escuchar el viento acariciando las ramas frondosas y arrastrando el piso polvoriento de los palacios ducales y templos de los distintos dioses. Solo eran cientos de ojos observando, inquietos, imaginando las mil razones por las que ella habr\u00eda aceptado ser arrojada al pozo sagrado.<\/p>\n<p>Era tan simple. Dentro de ella solo sent\u00eda regulares tac-tac al comp\u00e1s de la marcha. Las lanzas, las sandalias. As\u00ed lo hab\u00eda querido desde hace mucho tiempo; siempre estuvo segura de que era una de las elegidas para salvar la poblaci\u00f3n de calamidades inminentes. Ella a\u00fan lo recordaba muy bien; una ma\u00f1ana clara del mes noveno, saltaba ella, a\u00fan adolescente, de la cama, corr\u00eda a la ventana y gritaba en voz alta: \u00a1sabed que dentro de diez a\u00f1os ser\u00e9 entregada ante el altar de Chichen-Itz\u00e1! Entonces, la criada, alarmada ante la inesperada acci\u00f3n de la ni\u00f1a, la regresaba a la cama y cerraba la ventana, dando sordo o\u00eddo a la multitud que reci\u00e9n despertaba sorprendida de la exclamaci\u00f3n.<\/p>\n<p>La madre nunca pudo hacerla desistir de su inesperada decisi\u00f3n. Ella se manten\u00eda firme, segura de s\u00ed misma y de su propio destino. La familia vivi\u00f3 a\u00f1os oscuros, llenos de presagios, cabizbajos y temerosos de que un d\u00eda cualquiera, presa de su locura, corriese ella a arrojarse sin ceremonia alguna al pozo. La madre sufri\u00f3 noche y d\u00eda de pesadillas y visiones, hasta que un d\u00eda muri\u00f3 en cama, con la \u00fanica compa\u00f1\u00eda de la hija y una fiebre de los mil demonios. Con la vista nublada y la mente oscura, tom\u00f3 la mano de la hija y la perdon\u00f3, le dijo que cuando quisiera podr\u00eda ir a entregarse al sacrificio. Quiz\u00e1s por fin hab\u00eda comprendido la divinidad de los destinos de algunas personas. Mas todo fue en vano: nadie estaba en casa para atestiguarlo, de modo que Nikte-Ha decidi\u00f3 no contarlo, solo agregar\u00eda una m\u00e1s a los dolores de cabeza a su padre.<\/p>\n<p>El pasado mes lunar, ella se dirigi\u00f3 al centro de la plaza p\u00fablica y desde all\u00ed habl\u00f3 a todos, como hipnotizada.<\/p>\n<p>-El mes que viene, habr\u00e1 una gran sequ\u00eda; y habr\u00e1 un gran fuego en el maizal del sur, y los sacerdotes han de pedir el ritual del pozo sagrado. Esta vez, \u00a1ser\u00e9 yo quien aplaque la ira de los dioses!<\/p>\n<p>Y de inmediato se entreg\u00f3 a los preparados ceremoniales, el lavado tradicional del pelo por las tardes y el pasear matinal por las junglas al otro lado del r\u00edo. Nadie se lo imped\u00eda. La familia estaba cansada, hecha un pu\u00f1ado de paja al viento, de tanto nerviosismo y tanto pesar durante los largos a\u00f1os. Era tal la resignaci\u00f3n de su padre y hermanos y tal la seriedad con que ella se preparaba para el ritual, que nadie se sorprendi\u00f3 cuando tras veintitr\u00e9s noche el poblado comenz\u00f3 a sentir los efectos de una sequ\u00eda sin precedentes y una semana despu\u00e9s lleg\u00f3 la noticia del incendio a lo largo de todos graneros del sector sur. Los sacerdotes prepararon sus respectivos trajes y todo desde entonces march\u00f3 como siempre se hab\u00eda hecho. El anuncio general, la fecha seg\u00fan los astr\u00f3logos, la interpretaci\u00f3n de los movimientos y posiciones astrales para averiguar cu\u00e1l de las divinidades era la airada. La diferencia, esta vez, era que no hab\u00eda llanto en las calles por la v\u00edctima ni peleas entre los vecinos por estar echando suerte.<\/p>\n<p>Era una consecuencia natural. Ella siempre lo supo. Aqu\u00e9l era su destino.<\/p>\n<p>Hab\u00edan llegado al altar frente al pozo.<\/p>\n<p>El sonido de la treintena de pies golpeando las rocas a un \u00fanico ritmo ces\u00f3 de pronto. El altar consist\u00eda en una \u00fanica roca rectangular, a la altura de la cintura de una persona, un enorme y tosco trozo de piedra negra. Delante se extend\u00eda un abismo que terminaba en un min\u00fasculo lago opalino. Atr\u00e1s, la multitud observaba, silenciosa. El sacerdote tom\u00f3 el machete y la coloc\u00f3 sobre el altar. \u00c9ste emiti\u00f3 un leve chasquido al chocar contra la dura superficie de la roca, como si eternamente hubiese sido parte de todo el ritual.<\/p>\n<p>Nikte-Ha observaba las imperceptibles acciones del sacerdote. \u00c9ste se quitaba su t\u00fanica para dejarla al lado del machete y proced\u00eda a despojarla de todos sus adornos. Los collares, los brazaletes de oro, aros y amuletos amarrados del tobillo y la larga cabellera. Uno a uno, iban quedando sobre el altar, el negro y pobre altar, ahora repleta de las joyer\u00edas quiz\u00e1s m\u00e1s apreciadas en toda Chichen-Itz\u00e1. Mientras el sacerdote se dedicaba a lo suyo, ella descubri\u00f3 algo inesperado en el rostro del practicante: observ\u00f3 en \u00e9l una expresi\u00f3n de compasi\u00f3n. Ocultando secretamente la sorpresa tras el velo de fr\u00eda seriedad, sigui\u00f3 esperando a que terminara.<\/p>\n<p>Tras colocar todos los adornos sobre la roca, el sacerdote prosigui\u00f3 el rito profiriendo en voz alta el discurso que aplacar\u00eda a los dioses y los preparar\u00eda para la ofrenda dispuesta. Todos supon\u00edan que ser\u00eda un lenguaje divino. Ella tambi\u00e9n lo crey\u00f3. Pero a medida iba escuchando, descubr\u00eda trozos de palabras que hab\u00eda escuchado a veces, cuando su padre, en un gesto de hospitalidad hacia los embajadores de las ciudades vecinas, los invitaba al desayuno y entre todos se armaba la jovial conversaci\u00f3n acompa\u00f1ada de abundante sopa y pan de ma\u00edz. Descubr\u00eda esas expresiones, esos acentos caracter\u00edsticos de las lenguas del norte. Comenz\u00f3 a sospechar.<\/p>\n<p>A su orden, tres corpulentos j\u00f3venes se acercaron al altar y la levantaron, haciendo caer todo lo que estaba sobre ella al pozo. Las piedras, joyas, el machete y las dos t\u00fanicas. Ella pensaba precipitadamente mientras fing\u00eda verlas descender por el abismo. A cada chapoteo se le iba un segundo, perd\u00eda el tiempo indispensable para decidir qu\u00e9 creer y hacer.<\/p>\n<p>La hicieron pararse al borde, dando la espalda al sacerdote y la multitud. Entonces sus pu\u00f1os cerrados temblaban de ira; a\u00fan parec\u00eda ver las gotas de sudor perdi\u00e9ndose entre las grises cejas del sacerdote, la verdad humana de alguien en quien le atribu\u00eda facultades divinas y consideraba vocero de los dioses. Sus ojos tristes, encerrados. Esa boca que no sab\u00eda decir nada fuera de lo memorizado. Una mirada igual a su padre, cansado, resignado.<\/p>\n<p>-Desde d\u00f3nde comenzar? &#8211; prefiri\u00f3 no pensar en nada.<\/p>\n<p>Pero cuando se termin\u00f3 el segundo discurso antes de empujarla al pozo, ella se dio vuelta, aferr\u00e1ndose desesperadamente a la vida, una vida que vislumbraba poco antes de morir. Las manos lanzadas a sus espaldas le dieron por delante; de todos modos, el impacto la hizo tambalear. Ca\u00eda. Ese odio al asesino, a quien enga\u00f1\u00f3 su paisaje del mundo. No lo abandonar\u00eda sola.<\/p>\n<p>5 de mayo de 1892. Chichen-Itz\u00e1, M\u00e9xico.<\/p>\n<p>McArthur Bleiber estaba pensativo, sentado en su escritorio. El calor h\u00famedo del verano le recordaba sus d\u00edas pasados en Guatemala, que de todos modos no quedaba muy lejos de all\u00ed. Ansiaba terminar de una vez por todas y cerrar el maldito contrato, pero no pod\u00eda. Aquel hecho era fascinante para cualquiera, incluso para un paleont\u00f3logo avezado como \u00e9l. Todos los cientos y cientos de esqueletos que Thompson le hab\u00eda pedido identificar hab\u00edan resultado ser femeninas, de mujeres j\u00f3venes; todos, excepto el que estaba colgado en su mostrador. Era un esqueleto masculino. Un hombre viejo.<\/p>\n<p>27.11.99-13.12.99 <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cada vez que el pueblo sufr\u00eda de sequ\u00eda o males del cielo, los sacerdotes se dirig\u00edan al pozo sagrado, con el fin de calmar la ira de los dioses del agua. 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