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Frases al oído

Una historia irreal basada en una observación real.

Voz: Lo recuerdas, querido?

Segunda voz: …

Segunda voz: Era una noche de los comienzos de verano, aunque ocasionalmente soplaban brisas refrescantes. Salía de mi casa a tomar un poco de aire. A sentir, cuando el viento era fiero, los caracoles cayendo de las hojas y reventándose contra el cemento de la vereda. A oír los ciegos rumores nocturnos, a palpar esa oscuridad un tanto derretida ante los faroles.

Pues bien, mi primera sorpresa fue encontrar, justo al frente de mi casa, un letrero.. ¡Por el mi lado de la calle! ¡Inconcebible! ¿Te imaginas, cuánto me exasperé ante ese solitario panel naranjo oscuro, con letras negras que decían “PELIGRO A 200 METROS”?

Era todo un espectáculo, ¿qué diablos hacía eso allí?

Fue una total ruptura de mi rutinario paseo por el barrio. Caminé alrededor de ella, escudriñándolo, lo miré de reojo para comprobar algún desperfecto en su pintura, quizás era otro más de las errores en la burocracia, quizás no. Solo después de cerciorarme por medio de puñetazos que el letrero estaba hecho de hierro y que una broma así sería difícil de hacer, me alejé de allí, continuando mi deambulamiento, con la mano ensangrentada y medio tropel de vecinos soñolientos averiguando la causa del bullicio de medianoche.

Me sentía algo incómodo, que me perdía algo muy importante que podría haberme cambiado para el resto de mi vida. Algo. El silencio se hacía más agudo; mis pasos y mis latidos eran perfectamente audibles para cualquier transeúnte que pasara a menos de un metro de mí.

Justo cuando ya no aguantaba más y me proponía darme vuelta para recordar si el panel llevaba una flecha de dirección o no, apareció ante mí otro panel naranjo, del mismo tamaño, colocado sobre el pasto cuyo dueño no había sido consultado de su emplazamiento – obviamente en situaciones similares a los míos.

En él se leía: PELIGRO A 100 METROS.
Lancé un suspiro.

Mientras caminaba en la misma dirección, me extrañaba de no oír los autos pasando al lado mío. Ni los motores, ni las eventuales bocinas de diferentes matices. Tan solo invadían mis oídos esos murmullos escurridizos, esas voces lentas, una brisa al paso de la cual se cerraban los párpados.

Ya no pensaba en volver. Como un maniático desesperado, caminaba, apresuraba mis pasos a cuyo ritmo aumentaban los latidos, miraba fijamente las sombras bajo los árboles en busca del letrero que dijese PELIGRO A 0 METROS, o el peligro mismo, cualquier cosa. Ya debía haber llegado, qué pasaba que no veía nada.

A lo lejos vislumbré una estela fugaz, una sombra: una visión color café, una pantera de madera acercándose a una velocidad impresionante. Un peligro mortal.

Era una mujer desnuda, con pintura fresca goteando por todo el cuerpo, corriendo hacia mí, y a sus espaldas, su padre en la persecución, profiriendo todos los garabatos imaginables por mí hasta entonces.

Eras tú.

Voz: …

27.12.99

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