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De la inspiración verdadera

La mansión estaba ahí, con todas sus ventanas sin vidrio, sus paredes de madera deshechos a medias, techo rojo y la vegetación salvaje rodeándola por todos lados, como si quisiesen acabar con lo poco de lo humano que en aquel rincón del área en demolición quedaba.

El estudiante lo observaba con maña y agudeza. Una camioneta blanca cruzó por enfrente suyo, privándolo del objeto de sus cuidadosas miradas por un breve espacio de tiempo. Estaba sentado en el césped, sobre la parka que había puesto cuando comenzó a sentir las primeras oleadas de frío. A esa hora el tráfico solía concentrarse más a su espalda, pero aquello no ocurrió. Los semáforos, seguramente. Su compañero estaba también a su lado, tratando por su parte de concentrar su atención a la triste construcción ? no podía, por supuesto. Las tersas piernas de las colegialas de camisa verde que aparecían de vez en cuando por el lado de Inglaterra resultaron ser mucho más interesantes; era natural, era su edad.

Un pajarillo de apariencia desconocida vino a entrometerse sobre el ventanal a medio colgar. No se sentía ni una brisa, el viento soplaba por el noroeste y las paredes de concreto impedían todo movimiento eólico bajo los dos metros. Personas vestidas de negro, azul oscuro, gris y café pardo pasaban por las veredas. Era una tarde despejada de invierno, y algunas nubes adornaban el cielo profundo con pequeñas manchas de blanco al esfumado.

El estudiante tomaba finalmente su lápiz y cuaderno. Mirando alternadamente la casa y la blanca hoja, arrastraba su 4B con lentitud exasperante. Ésa era la casa de sus sueños. Había disfrutado del crujir de los maderos en las lluvias tempestuosas, tan solo hace unas semanas. Cuánto se había maravillado viendo que la luz lunar puede dar espectáculos comparables a los láser-show de dísniland.

La siete, con sus franjas violeta y blanca dejó sólo su difusa imagen y el eco del motor como recuerdo de su presencia. Eran las cinco ? venía bastante cargada, pero no atestada aún.

Era una tarde cualquiera, era tan solo el 26 de agosto, un jueves más tras terminar la aburrida hora de física elemental. No. No podía aceptar que algo fuera de lo común lo hubiese impulsado a pasear con mochila y todo para venir a sentarse allí, justo ese día. Era simplemente una ocasión más.

Pobre Pancho, rió para sus adentros. ¢&hibar;Cómo será eso de querer pero no poder? Claro, no puede tenderse en la vereda ni puede ver más si se para allí; eso debe de tenerlo loco.

-Hey, chopán, busca si queda más goma en mi estuche.
-A ver¡¦

Se dio cuenta que tenía el block llena de borrones. Hacer el sketch no había sido difícil, por representar ese ambiente, ese aura único del lugar era un trabajo imposible. Sí, no podía faltar ese montón de cipreses a modo de fondo secundario, separando los pastos salvajes y el cielo semiceleste. No tenía que darle esa suavidad en aquella porción del tejado, esa entrada debía ser más claro.

Algunas personas se detenían de vez en cuando, extrañados de ver a alguien retratando un aspecto tan retrocontemporáneo, aquella mansión de rostro pobre y símbolo de la falta de civilización en tiempos pasados. Luego pasaban. Las colegialas apresuraban el paso, picadas por la mirada brillante de Pancho.

La realidad se volvió pura imagen. Sin sonidos, sin olores. Sólo la majestuosidad del objeto de su atención, asomándose como estatua perdida entre cemento y la ciudad moderna. Ni el trío de chicos con cara de matones, que dejaron el recuerdo de la carcajada ahora inaudible como obsequio a su dedicación, ni el tipo de azul quien se detuvo justo entre la ventana derecha y él, obstaculizando la inspiración, en una posición de ingeniero midiendo el terreno, ni el F-150 negro esmeralda ni el estúpido de la mochila negra ?quien se quedara por momentos boquiabierto observándolo-, lograron llamar su atención.

Estaba absorto. Así como el gran vacío que antecede un hecho tremendo, algún desastre universal. Un señor alto tiraba con todas sus fuerzas del Rottweiler negro que le ladraba furiosamente.

Fue luz, fue un súbito halo alrededor de la estrella más brillante del sur en medio de la noche. Era el relámpago fugaz que lo hería en el alma y los pensamientos.
Entonces lo vio.

Comenzaba a oscurecer. Fabián lo ayudaba a levantarse. Sacudieron ambas parkas, recogieron los lápices y papeles desparramados y caminaron. Se dirigían a sus casas, rumbo al noreste, para el centro. Para Panchito era otra tarea de artes plásticas terminada. Una moto pasó a sus espaldas, dejando las mismas estridencias de siempre. Igual era grato escucharlo. Ya no necesitaría sentarse allí, con tanto frío y autos y personas distrayéndolo. Tan solo necesitaría sacarlo cuidadosamente de su armario y observarlo por horas y horas. Matar la conciencia. Emborracharse cuando quisiese.

Quizás no lo entregaría a la profesora ? no, seguramente. Lo tendría para él, y Pancho debería conformarse con otra copia, sin las manchas de lágrimas espirituales. No.

Esa noche hubo luna llena. Un pajarillo cantaba sentado de cuclillas en los escalones de entrada. Cantaba. Estaba triste. Algo le había sido quitado.

27.08.99

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