Stravinsky al Óleo

No debe de tener más de catorce años. Ella mira.

El joven está concentradísimo en su trabajo, rostro sonriente. Le han pagado muy bien, pero tiene su precio: debe preocuparse de no pintar más allá de los marcos, porque no se puede borrar. Es el marco de la ventana, y la pared ya está pintada con rojo, de modo que si le aplica diluyente, se descolora la pared. Aunque lo pinte otra vez, la mancha estará allí, acusadora del error; y le pagarán menos. Con sumo cuidado, pasa la brocha por la parte más delgada del marco. Se saca la lengua y muerde con los dientes.

Ella contiene la respiración. Visto de cierto ángulo, y con los efectos luminosos adecuados, el rostro del joven se ve espléndido. Disfruta realmente de esa estatua de mármol, esos ojos y boca bellísimos. Él está parado en una escalera de un metro de altura, de esas escaleras triangulares que se apoyan sobre sí mismos. Está parado en la escalera y pinta, ahora serio, la parte más difícil. Extasiada, ella lo mira.

Ella lo había visto por primera vez hace una semana más o menos, recuerdo. Por entonces, no era más que uno del montón de obreros que venían a trabajar en la reparación de su casa. Pero hace unos cuatro días, todo eso cambió. Ella lo hallaba más hermoso, más varonil, más sonora y clara su risa. A él no le ocurría todo eso. Él estaba trabajando por el sueldo. Pero desde entonces, ella buscó sus ojos, su sonrisa, sus ojos. Lo buscó de mañana a noche. Lo encontrasba pintando por allí, se escondía asustada y asomando los ojos lo miraba, la niña.

Una tarde el padre los invitó a todos a comer en su casa. A ella le tocó sentarse al lado de él. Sin rodeos: sandía. Se le hacían nudos en la garganta, le temblaban las manos, pies. No podía observarlo de tan cerca. Oh, y cómo se sintió entonces – cuando de pura tiritona se le cayó el tenedor y él lo recogió. Lo recogió y con una sonrisa amable se lo entregó en sus propias manos. Fue entonces cuando tocó sus manos. Milésimas de segundo. Sus manos, ásperas y cálidas. Y estaba segura, segurísima que la quería. Miró sus grandes ojos, y lo comprendió así.
De ese día lo amó con pasión loca.

El destino tiene su método, su método único de proceder. Cuenta con numerosos siervos, todos los seres del universo. Su padre le ordenó que vigilara a Marco, que se fijara si estaba pintando bien, porque la ventana que daba a la calle era importante. ¡Con qué placer corrió ella a acatar sus órdenes! Está sentada allí, con su silla sin respaldo – esas sillas redondas con cuatro patas – y observa. Mal que mal, no se fija si pinta bien. Emborrachada de felicidad, observa su rostro, tan divertido ahora que está serio.

-Ah… oye, Marco…
Decide hablarle. Nunca le había dicho palabra, excepto cuando le murmuró un “gracias” cuando él le entregó el tenedor.
Él la mira y levanta las cejas. Coloradita. Mira, te escucha, te escucha y te entiende… y este pensamiento la excita más.
-Eh… hum… lo que… te quiero… decir es… ¿por qué solo pintas con más cuidado esa parte no más? – murmura, le sale tan despacito que ni ella escucha bien.
-¿Qué?
-…
-Ah, ¿por qué pinto aquí con más cuidado?

Asiente con la cabeza. No puede hablar.

-Es que es más delgadito aquí, y se me puede pasar la pintura, me puede manchar la pared.
-¿Y qué tiene? – esta vez lo dice un poco más fuerte.
-Claro, lo puedo sacar, con un líquido que traigo, pero entonces se me borra la pintura de la pared. Y si la pinto otra vez, se me nota. El patrón me va a descontar el sueldo, entonces.

Eso fue largo, no lo entiende bien. Pero una cosa le ha quedado: él puede sacar la pintura. Él. Solo él, concluye ella.

-Bueno, ¿y cómo crees que me está quedando la ventana? – le pregunta él, echando los últimos pincelazos de café claro sobre el pedazo de marco que le queda. Frunce los ojos. El sol del atardecer, ese sol fuerte y penetrante de noviembre, da justo contra la ventana. Brilla en la ventana y le duelen los ojos.

La pinta que tiene con los ojos fruncidos es increíble. Ella vuela a esconderse a su habitación. Tiene miedo.

-¿Alba…?

Es noche y los grillos lloran. O cantan, quién sabe. Los trabajadores se han marchado. De pronto, se oye el resonar de tarros chocando, tarros metálicos llenos de pintura. Y una risa eléctrica, fantasmal.

El padre sale con su linterna al patio interior. La mamá está muerta de miedo “Es el espíritu de la casa, ¡la adivina tenía razón! Me advirtió que no reparara la casa, que despertaría al espíritu.” y desmaya. Cautelosamente, recorre la luz a lo largo del amplio patio. Una forma café. Una silueta, una visión color café.

Es ella. Parada en un rincón del patio. Desnuda junto a los tarros de pintura, vacía sobre su cabeza otro tarro, y ríe, ríe con ganas.

06.06.99