Un jardinero más

Eres… ¡eres una flor!
-versos de incienso y mirra, nª310599-

Lirios y jazmines se entremezclan bajo el estrecho atardecer. Ella camina junto a mí. Tiernos pastos son mis cómplices y ocultan todo murmullo de movimiento; de vez en cuando, el crujir de una hoja seca –rociada con la lluvia por la tarde- interrumpe la sorda música del llano. Mi llano. Todo es mío, mío. Tuyo. El llano, los aires lechosos, brisas ocultas en matorrales a orillas del río. No oigo los grillos. ¡Qué raro! Siempre estaban allí, cantando quién sabe qué tristes historias de niños devorados por dragones, rosas y princesas y amores frustrados. Y estoy, yo aquí, yo y ella, y no oigo los grillos. Es natural – creí haber oír quietas risas de sirenas, pero las sirenas no habitan ríos.

Debes de ser tú, entonces. Te miro y alcanzo a captar los últimos rastros de una fugaz sonrisa. Tus ojos aún ríen a carcajadas – pero no disfruto el tiempo suficiente, apuntas con tu dedo índice, con el dedo de tu mano… hacia arriba, arriba en dirección a mí. Miro. A veces quisiera tener los ojos de los pájaros. No puedo verte ahora. Veo un árbol, enorme, las hojas rojas, creo. Ya no distingo bien los colores; el negro, cuando es negro, puede ser tanto amarillo como naranjo. (Entonces es cuando tus pupilas se confunden con el cielo nocturno, tus dientes con las estrellas, tus ojos crean la luna – pero hay una sola luna en el llano, es una lástima, mientras tu tienes dos.) Son hojas rojas, y sus ramas cuelgan sin fuerzas hacia abajo. Comprendo tu risa, es que este arbolito ha estado todo el día sujetando sus hojas, para que estén calentitos, se alimenten, disfruten de la vida. Ahora está cansadísimo, rojo su rostro. Descansa. No te rías, divina mía, porque no hay que despertarlo.

Acerco tus oídos y te lo explico, y ríes otra vez. ¡De verdad! ¿No lo oyes roncar? Y agito suavemente una de sus ramas. Tu risa son los secretos sonidos que hechizan al hombre. Para mi dicha, mi dicha egoísta, desearía que ese preciso momento en que tus labios se abren y tus párpados cierran, apagan ambas lunas, desearía que se mantuviera por la eternidad. Confío en que el infinito será lo suficientemente corto para no aburrirme viéndote una y otra vez.
-Ya me cansé.
Te sientes, te apoyas contra el árbol. Cuidado. Fíjate bien en no moverte mucho; si se despierta, me echarás la culpa. Ay de mí. Eres una flor. ¿Quién demonios me dijo, una noche así, que es fome decir “eres una flor”? Verás, deseo repetírtelo hasta que te pares o te quedes dormida. Hasta que mis labios recuerden, graben en sus memorias el canto interminable, hasta que no pueda distinguir ya tus orejas de tu rostro.

Eres una flor.
Eres flor,
aroma penetrante,
tulipán cual reinas
sobre el altísimo monte
de mi alma;
aura purpúrea irradia tu rostro,
abundante veneno tras belleza mortal,
eres… ¡eres una flor!

Bostezas. ¿No te gustó? No lo sabía. Ah diosa, he pecado, me perdonadarás…? ¿qué te quedará mejor, Diana o Afrodita? Te llamaré Leda, decido.
Al fin veo estrellas. Es el mismo peregrinaje de todos los días: suben, viajan por el negro espacio – caen. Pero no, nunca caminaremos iguales senderos, voces como ayer, atmósfera de mañana. Te veo pensativa. Allá arriba hay luna menguante, pero los tuyos son redondos. Luna llena.

Suspiras.
-No entiendo qué significa aura purpúrea.
Vaya. Aún pensabas en eso. Me acerco a tí y aspiro como puedo el aroma de tus cabellos. Quiero que lo entiendas bien, inspiración.
Cuando abres los ojos, y ríes… cuando me miras con esa mirada interrogativa, están allí. Lunas gemelas en el negro cielo. Son moradas, ¿será tu alma? No sé. Es tu aura, porque mientras estás despierta… están allí, quieren liberarse del cielo, pero no pueden… porque en fin, de la noche nació la luna…

Me miras. Te alejas, te alejas. Las lunas se oscurecen, los ojos están allí, pero las lunas.. se apagan. Comienzo a ver luces. Luces difusas.


-¿Ah?
-Repito la pregunta – con ese ritmo arrastrado, lentito para que uno entienda bien – al considerar los enunciados c y f, ¿qué relación existe entre el número de jardineros y el tiempo demorado desde la siembra hasta el ingreso real?
A mi alrededor, mis compañeros cuchichean y ríen. Es la tercera hora, clase de Lógica. Ella está a dos asientos de mí; se está mordiendo los labios. Para no reír, supongo.
-¿Sabe qué, profe? Solo quiero ser un jardinero más en este mundo. No sé que hago aquí.
-Váyase, entonces.
Pero no me voy. Tú estás aquí; quiero respirar este aire que respiras, oír voces y sonidos que serán lo propio para tí, ver formas y colores.

Sí. Seré jardinero, te regaré y te cuidaré. Quiero verte crecer junto a mí. Quiero oler tu sonrisa cada vez que te canto. Te regaré y te cantaré, cantaré una canción a todas las flores.


01.06.99