Ejercicio Etnográfico: Influencia personal del lenguaje

Yongho Kim
SPAN488: Theorizing U.S. Latina/o Popular Culture
Spring 2004

La respuesta que más comúnmente suelo dar a aquellos que me preguntan “So what is your first language?” es: “las dos: el coreano y el castellano.” (“el coreano” va al comienzo si lo digo en español, y “spanish” va al comienzo si lo digo en inglés – por un fenómeno curioso, los coreanohablantes no me hacen preguntas de este tipo.)

Aprendí a contar hasta cinco en castellano cuando tenía 8 años en el aeropuerto junto a mi mamá. Mis padres, misioneros cristianos, ya habían recibido algo de entrenamiento. Partíamos a Chile, y una vez allí mis padres impusieron reglas más o menos estrictas en que trataban de incorporarnos lo más rápido posible en la sociedad dominante de habla castellana. Nada de coreano en casa, sólo castellano. No importa si es un coreano sincretizado: “엄마 [mamá], helado를comer 해도 되요?[está bien si…?]”. Mi hermano menor, David, adquirió el idioma y sus rasgos distintivos – poder pronunciar la doble r, por ejemplo – rápidamente. Igual de rápido se olvidaba del coreano. A personas que vienen de la edad de mi hermano (3 años) o recién nacidos a un país extranjero se les dice la generación 1 coma 8. Su rasgo distintivo más notorio en comparación con la generación 1 coma 5 (mi generación) es que en general no hablan el idioma del país natal, o si lo hacen es de modo bastante rudimentario.

Yo solía relacionar la fluidez del idioma con el grado de asimilación o maestría de la sociedad o cultura a la que le perteneciera el idioma. Por un lado, esta inclinación se fundamentaba en las ideologías étnico-linguísticas que maestros eclesiascales en teoría de la cultura e identidad traían de no sé dónde (¿Estados Unidos, quizás?) a los campamentos de la iglesia. Una de las primeras teorías que llegué a conocer así, en un taller de identidad durante un campamento, fue que uno no conocía “sus raíces” si no conocía el idioma. Aprender el coreano era esencial, decían los proponentes de la teoría, si uno quería encajar la color “누런” [nuroun, el color que adquiere el arroz quemado] de uno con su “cultura” (en otras palabras, su idioma). Nos decían, ustedes nunca van a encajar en la sociedad en que viven porque los “nativos [원주민]” no los van a aceptar como iguales. (Es de interés notar que en Estados Unidos este discurso no empleaba la palabra “nativos”, sino “sociedad dominante” – una extensión de tal razonamiento era que los afroamericanos no eran, por ejemplo, “nativos”.) Se asumía que existía una identidad pura, auténticamente coreana cuyo signo distintivo era el dominio del idioma.

Una segunda ideología que llegó de similar manera a fines de los ‘90, era la de identidades múltiples. Se seguía asumiendo que existían identidades puras, una coreana y otra chilena (“nativa”). Ahora nos decían que uno nunca podría ser 100% coreano por la cuestión cultural pero tampoco podría ser 100% chileno por la cuestión amarilla. La ansiada respuesta, decían los maestros de campamentos, era ser lo más que uno podía ser en cada identidad. Por ejemplo, uno podía ser 80% coreano y 90% chileno, y sumar un 170%. (Lo que este porcentaje cumulativo significaba no era tan importante.) Creo que esta teoría era un resultado de la peculiar realidad racial en la sociedad coreana de la península combinado con el auge del multiculturalism en Estados Unidos. La ideología racial dictaminaba un ser completamente coreano, no “contaminado” con otras razas – identidades o razas “mezcladas” no tenía utilidad alguna a la nación en la península a menos que tal identidad fuera de Estados Unidos. A medida que las relaciones exteriores de Corea del Sur se diversificaba y surgían necesidades de obtener recursos más etnoculturalmente sensitivos para los intereses de Corea, se adoptó parcialmente las premisas del multiculturalismo mientras se trababa de mantener la ideología de una superioridad racial basada en la enseñanza histórica que los coreanos habían sido puros por 5.000 años.

Además de estas dos corrientes ideológicas, otra razón por la que adopté la postura que uno debía conocer bien el idioma era porque yo ya estaba en tal situación. Habiendo tenido dos años de escuela primaria, yo tenía la capacitación básica para leer y escribir el coreano y con el tiempo la mejoré leyendo las docenas de libros en coreano que trajimos al mudarnos. Ya que se nos forzaba a hablar el español en casa, perdí gradualmente el acento y hoy día no tengo idea donde va el acento al hablar y los coreanos “nativos” que hablan conmigo se sorprenden que yo maneje una complejidad de vocabulario y de gramática a pesar de las entonaciones raras que hago de las palabras. Hoy mi mamá trata de corregirme el acento y yo trato de seguir, pero ya es demasiado tarde. ¿Para qué nos tiran a un extremo un día y al otro extremo al día siguiente? Mi hermano ya no habla un coreano conversable, y mis padres le retan y tratan de enseñarle, al mismo tiempo inculcarle, un amor al idioma coreano. Ahora que lo considero en introspección, yo diría que dejen al niño tranquilo – si ya lo molestaron por 7 años para que aprenda el castellano “como los nativos” es suficiente. En la vida cotidiana esto ocurre así: en las noches tenemos culto familiar, y juntos cantamos y leemos la Biblia (estos días con una versión bilingüe coreano-inglés). Mi papá hace preguntas acerca de lo leído, y como la versión del coreano en que está la Biblia corresponde al Reina-Valera, mi hermano no entiende ni una. “Cuándo aprenderás a hablar bien el coreano, David” – dice mi mamá. Y entonces se ríen de él. Ya fue mucho, creo.

Por estos factores fue que me enfoqué en dominar bien el idioma coreano. En parte esto era facilitado porque encontré mucha gente que quería aprender el idioma exótico – tanto en el colegio como fuera de ella – y repasé varias veces las premisas básicas del idioma con el fin de enseñarlo a compañeros. A la generación 1,5 se nos distingue por hablar el idioma natal y en general son buenos intérpretes entre la población “nativa” y sus padres. Para producir cantidades de generación 1,5 que pudieran hablar decentemente, habían escuelas coreanas en los fines de semana en las que se seguía el mismo currículum que se seguía en las horas de leguaje en la península – donde hablaban de los próceres de la patria, “Ebrajam” Lincoln, Henry “Pho-D”, y en los textos de enseñanza media de los progresos económicos de la dictadura de Park.

Las primeras generaciones de coreanos en Chile son cosa interesante. Es cierto que son una minoría étnica y lingüística, pero ellos tienen dinero – mucho dinero. En el caso de mi papá, ejercía un buen grado de influencia por la cantidad de apoyo que podía traer de sus iglesias en Corea para las iglesias en Chile. Por esto la primera generación de coreanos en Chile, a pesar de creer firmemente en la asimilación racial-linguística, se negaban a formar oraciones completas en español. “그래서 말이죠, 어제 원주민 tienda 주인을 만났더니 상품 값을 mitad로 내리래요.” [Por eso te digo, el otro día hablé con el dueño nativo (ya no se dice “Chileno” porque así los demás saben que están hablando de ellos) de la tienda y me dijo que bajara el precio del producto a la mitad]. En el caso de la iglesia esto se manifestaba en hermanos creyentes dando testimonio con un acento y construcción gramatical que imitaba la de mis papás, no en burla sino a modo de hacerlo más solemne, más influencial.

Esto me llevaba a menudo a menospreciar de compañeros que no podían hablar coreano. En mi entrenamiento ideológico, había algo que los hacía menos humanos – menos coreanos de la península en el hecho de que no supieran hablar el coreano. Yo lo encontraba absurdo, por ejemplo, que las reuniones ejecutivas en la asamblea juvenil de la iglesia se hicieran en castellano. ¿Cómo pueden elegir a presidentes que no hablen coreano para un grupo coreano? Era mi pregunta. Al mismo tiempo, nos burlábamos de aquellos que no podían aprender el español – pero este menosprecio no era tan intenso como hacia aquellos que no podían aprender el coreano, o en el caso de mi mamá, el inglés. Existía una jerarquía de idiomas, decía mi mamá, en la que el coreano ya no era útil porque si uno quería hacer dinero ya no podía hacer negocios altamente lucrativos [léase: estafadores] con coreanos de la península y por ende había que enfocarse en mercados de escala a bajos niveles de desarrollo (como China).

Venir a Estados Unidos para estudiar en la universidad añadió una dimensión racial que ya no era el binario coreano/español. Porque el español (ya que en Estados Unidos ya no se reconoce el castellano – at all) no encajaba con la imagen racial amarilla de mí, cuando me preguntaban “Where are you from?” decía “Chile” para utilizar ese detalle hacia conversaciones cosmopolitas marcadas por el tono de “¡oh! ¡Tu idioma racial no encaja con el que hablas!”. Por supuesto, siempre al final debía agregar una explicación de que mis padres eran misioneros (y no inmigrantes, contra cuyo término tenía otros complejos) y que por eso sucedía que yo venía del país de las pieles cafés y satisfacer la curiosidad de mi interlocutor que buscaba alguna forma de explicación racial (¿eres adoptado? O ¿estuviste de intercambio en Chile?)

Por esto no puedo responder sin sentir rencor cuando me preguntan cuál es mi idioma “nativo” (o “primer idioma”, que en esencia pregunta lo mismo) y suelo responder “coreano y español” o “spanish and korean” para evitar encuentros raciales desagradables. Todo por culpa del nacionalismo racializado.