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castellano cuento

Un jardinero más

Eres… ¡eres una flor!
-versos de incienso y mirra, nª310599-

Lirios y jazmines se entremezclan bajo el estrecho atardecer. Ella camina junto a mí. Tiernos pastos son mis cómplices y ocultan todo murmullo de movimiento; de vez en cuando, el crujir de una hoja seca –rociada con la lluvia por la tarde- interrumpe la sorda música del llano. Mi llano. Todo es mío, mío. Tuyo. El llano, los aires lechosos, brisas ocultas en matorrales a orillas del río. No oigo los grillos. ¡Qué raro! Siempre estaban allí, cantando quién sabe qué tristes historias de niños devorados por dragones, rosas y princesas y amores frustrados. Y estoy, yo aquí, yo y ella, y no oigo los grillos. Es natural – creí haber oír quietas risas de sirenas, pero las sirenas no habitan ríos.

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castellano poesía

12.05.98 [las hojas están cayendo]

Las hojas están
cayendo…

Una tras otra, otras dos,
de par en par.
Tocan el suelo
una tras en otra…

Gráciles y delgadas
sensibles, frágiles;
un niño,…
en medio de penumbras,
espera su padre.
Sus ojos.

Suavemente se deslizan
ya rozan casi…
¡ah! Voló otra vez.

El movimiento, para ellos
no existe, al parecer…
todo es
el momento, un instante
la espontaneidad del existir.
Un jóven…
rebosando de íntima felicidad
escucha
-él no existe. Es sólo ella-
un arrollo que corre
por lo profundo del bosque…

Delgadas láminas enverdecidas
finísimas, casi puedo, a través de ellas,
ver.

La claridad, la transparencia.
¡quién no querría que así fuese!
-sólo la verdad-.

Hojas caducadas
demasiado duras tal vez,
caen del cielo;
bendición del Eterno.

El placer, de altos costos,
enaltece al más ruin.
Una meta… la visión
realizada ya.
¿Qué no darías
por disfrutar tal dicha?

Ya reposan, serenos,
bajo mis pies…
ignoro lo que será de ellos.
¿algún día..? quizás.

Cansado de reflexionar,
dirijo mi mirada
hacia arriba…
¡qué buen día hace hoy!
saldré a pasear un poco.

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castellano poesía

03.11.98 [¡quién te viera!]

¡Quién te viera!
quien te viera,
pasar por entre los frondosos arbustos
de mi jardín, pupilas cual iluminando el camino,
plantas rejuvenecidas al toque de tu aliento.

Quien te oyera,
cantar entre las delicadas ramas
entre árboles ocultos, arrollados
cantar, cantar,
no sea que muera alguien por oírte.
Cantar,
para agradar del Supremo sus oídos
cantar, cantar
así para describir cuanta maravilla
hay aquí, hay allá, habrá o hubo
cantar -vibraciones- cantar
dar paso a la Muerte.
Dejarle tomar cuantos seres estén a tu paso
porque te han oído,
¡felices ellos!

¿Quién te oyera
reír, reír…?
¿Dónde ahora quien lloraba?
¿dónde el infeliz, el sabio, los músicos?
¿quíen te oyera
hablar, contar
historias de hadas y princesas
y quedaba tranquilo
tras presenciar tan vívido testimonio
de tragedias, historias de amor?

Quien te sintiera
sobre sí tus pies
ah, feliz de ti,
¡morir a causa de ella!
quien te sintiera
a lo lejos desde las llanuras
un suave aroma
de rosas y uvas,
racimos, de lirios?
¡Quién te viera!
¡que por tí no suspirara!
¡felices ellos!

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castellano poesía

21.11.97 [imitación becqueriana]

Una sonrisa…
mayor engaño,
no hayarás,
de tu vida,
el reso.

Una mirada…
excitarás, enloqueciendo
lo último de tu saber;
quema todas tus
neuronas.
Mayor falsedad
nunca sabrás.

Un te amo…
¡ay! ¿lo crees?
lleno, y asombrado
jadeante ante todo,
susúrrale a sus oídos,
-yo también-
luego, si deseas ser,
mantén tu esperanza,
mira el abismo, a tus pies,
¡tírate!