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Contrario definitivo

Y dijo Dios: sea la luz; y fue la luz.
Génesis 1:3

Se toma la frente con su mano derecha.

La pluma corre veloz, ansiosa, sobre la hoja blanca, y deja sobre ella un río de líquido negro testimoneando su carrera infinita sobre el prado de invierno.

La nieve se despeja poco a poco, un patinaje laborioso va borrando esa falta de orden desde la hoja, y surgen palabras. Surgen palabras rimadas, metafóricas, y los versos se van alineando uno por uno verticalmente, bajo el título subrayado dos veces:

El brillo de la creación.

El poeta piensa, frunce las cejas. Hace tan solo unos momentos, cuando comenzaba a escribir bajo una inspiración digna de ser calificada como divina, las palabras se abalanzan a su mente, no tenía problema alguno en plasmar esa emoción surgida como resultado de la lecutra al Génesis 1:3. Palabras, oh, más palabras, gritaba mentalmente mientras esgrimía su pluma y tomaba la primera hoja de papel que encontró.

Ahora, se ha tropezado con un término, quiere una, esa palabra justa para plasmar la emoción suspendida sobre un hilo, ese laberinto que le permita hallar la salida a una contradicción que parece colarse entre tanta belleza. Las suaves brisas de enero murmuran, tímidos, palabras de aliento al laborioso escritor.
Suspira por momentos.

Una inspiración electrizante lo invade. Toma nuevamente la pluma y el papel se llena de más palabras abrazadas entre ellas, versos cantores, alabanzas de belleza infinita a querubines. Describe con asombroso realismo la voz de los serafines recomendando al Eterno los mejores ingredientes para componer la luz. Poco a poco, la pluma se recalienta por el roce continuo y la tinta contenida en él bulle, inquieta. En un rincón de la quinta estrofa, está Gabriel observando silencioso cómo la legión de ángeles vuela hacia la tierra recién formada, a cumplir con los decretos divinos. En la estrofa siguiente, la voz tronando: “que sean las bestias, sobre la tierra, bajo ella y todos las bestias del aire y las aguas. ¡Que sean!”

Casi puede sentir la vibración de los seres temblando a su mandato.

Escribe, concentradísimo.

No se da cuenta de los muros que caen, la tierra que tiembla, los truenos. Los relámpagos que ahora se ven porque el techo se ha desplomado. No oye los gritos de la multitud despavorida, no oye la voz infernal llamando desde lo más profundo de la tierra. El suelo se abre, partes de la corteza suben y otras bajan. De las grietas se escapa un ejército de espíritus demoníacos que vuelan hacia todos lados, aullando con voz aguda y escalofriante. Las casas, los árboles de los caminos, las nubes ya rojizas comienzan a disolverse, primero bullendo, luego transformándose por corto tiempo en un montón de burbujas amarillentas para explotar con un estruendo apocalíptico y desaparecer junto a la tormenta.

Escribe, exprimiendo lo último de su esencia, y las gotas de sangre caen sobre la hoja por el esfuerzo. Absorto en el verso final, no sabe que el fin del mundo se balancea sobre su cabeza, amenazando caer con toda su fiereza y su batir eterno de alas diabólicas, en el mismísimo momento en que el poeta ponga el punto final.


27.12.99

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